Adiós a la prensa, enlaces sobre el tema de portada en Letras Libres

La comunidad periodística hace frente a su crisis con las herramientas que la están amenazando: sitios dedicados a monitorear las últimas noticias sobre el fin de la prensa, de los cuales ofrecemos una breve muestra . Además una amplia discusión sobre el futuro de la prensa entre Paul Starr y Steven Johnson. Ensayos sobre Twitter , los libros electrónicos y una variedad de diagnósticos y alternativas para salvar a los medios impresos.

"El Aleph" de Borges, en versión (libre) twitterizada

Twitter se ha convertido en la última moda de Internet. Es una manera de publicar –y seguir– brevísimos mensajes subidos a la Red. Ahora dos alumnos de la Universidad de Chicago comprimirán los grandes clásicos de la literatura –se menciona a Dante, Shakespeare, Stendhal y Joyce– en esos textos brevísimos llamados "tweets". La idea es reducirlos a 20 tweets o menos, es decir, a 20 oraciones de no más de 140 caracteres cada una. Serán publicados por la editorial Penguin.

1. La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió noté que las carteleras habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios.

2. El 30 de abril era su cumpleaños; fui a visitar la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a su primo hermano. Era un acto cortés.

3. Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Llegaba a las 7 1/4 y quedaban 25 minutos.

4. Carlos Argentino es canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario.

5. Tiene grandes y afiladas manos hermosas. Algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort por la idea de una gloria intachable.

6. Lo evoco en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, fonógrafos.

7. Tan ineptas me parecieron esas ideas que las relacioné inmediatamente con la literatura.

8. Le dije que por qué no las escribía. Respondió que ya lo había hecho: figuraban en un poema en el que trabajaba hacía muchos años.

9. Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block.

10. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta.

11. Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas.

12. Hacia la medianoche me despedí.

13. Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida.

14. Pensaba publicar los cantos. Comprendí la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago.

15. El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo.

16. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo.

17. Está en el sótano del comedor -explicó, aligerada su dicción por la angustia-. Es mío, es mío:

18. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé, rodé por la escalera vedada, caí. Vi el Aleph.

19. ¿Cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?

20. Vi el Aleph, desde todos los puntos, vi la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, sentí vértigo y lloré.

21. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido.

Fuente: Revista Ñ

EL COLOR DEL CRISTAL, de Moisés SANDOVAL

Pobre muchacho. Horrible, realmente horrible. El polvo cubría la vidriera empañada de sus ojos. ¡Por Dios! Cómo pensar que en algún tiempo esa mirada fue anhelada; cómo creer que a ese ser también una madre lo arrulló y lo llevó en brazos, y yo lo llevé en el corazón por tanto tiempo. Su cuerpo se hallaba en la primera etapa de descomposición, con un balazo en la frente y cubierto por una especie de sebo que empezó a ponerse negro cuando los muchachos del departamento de periciales removieron la fétida cobija que le sirvió de mortaja, y una vorágine de larvas de mosca ya empezaba a engendrarse en los orificios de la nariz y la boca.

Antes de continuar, una disculpa. Como testigo de los hechos que les voy a relatar, trataré de hacerlo valiéndome de mi personal experiencia, es decir, de la manera más sencilla. Hubiera querido que lo hiciera alguien mejor dotado en el arte del bien narrar, no fue posible: los atropellados días que estamos viviendo no lo permitieron. Así es que me lanzo por propia cuenta a la tarea de poner por escrito estos lamentables episodios que ensombrecen mi vida. También me siento en la obligación de anticiparles que no cuento con una imaginación creadora que me permita introducir en el relato alguna imagen o metáfora lo suficientemente ambigua como para que el día de mañana termine yo convertida en una autora de éxito. Así es que desde aquí y, más que nada con el propósito de no defraudar a los impacientes, los invito a que se abstengan de leer si por un instante sienten la necesidad de hacer una crítica literaria, por muy bien intencionada que ésta sea. Y no sé por qué me propongo escribir esto ahora y no, por decir algo, dentro de un año o dos, cuando toda esta ola de violencia se halla acabado y los ruidosos sucesos se hayan borrado de nuestra memoria, o nunca. Será que esta mañana llamaron mi atención los titulares de la prensa:
SE DESATA LA GUERRA, cuatro policías muertos y dos narcos.
A raíz del asesinato del hijo de uno de los principales jefes de la mafia…
Y la información se me entrecruzó con una foto que descubrí relegada entre las noticias de menor importancia de la nota roja, y con un recuerdo del cual quiero liberarme.

El impacto que me provocó la imagen del periódico (un cuerpo en descomposición sobre la oscura tierra agrietada de salitre) no debió de impresionarme, puesto que fui yo quien realizó las diligencias de ley para levantarlo del lugar en que fueron a tirarlo los sicarios. Sabrán que por la práctica de mi profesión (soy abogada y agente del Ministerio Público) se me encomiendan a diario esta clase de tareas, y el tiempo y la experiencia tienden a nublar la sensibilidad de cualquiera. Pero se trataba de un amigo de la adolescencia. Un viejo amor por más señas.

He aquí mi recuerdo:
Ayudante de albañil a los trece años, Javier acababa de comer de su itacate, todavía le quedaba tiempo antes de que el Maestro de Obra diera la señal de reanudar el trabajo, podía continuar sentado, e incluso tumbarse de espaldas y entregarse a la contemplación de pensamientos gratos, imaginar que iba caminando por la orilla de la playa de Altata conmigo de la mano, como a cada rato me insinuaba. Pero se levantó, quizás echando cuentas del tiempo de que podría disponer, y decidió dar una vuelta por la construcción en la que se encontraba trabajando, sin sospechar que desde un rincón mis ojos lo contemplaban con embeleso.

Como siempre, desde que el mundo es mundo, han existido pobres y ricos, fuertes y débiles, y eso nunca ha sido escandaloso. Hay ejemplos tales y tantos a través de la historia, sea cual sea la época que se haya vivido, y que no vengan los sociólogos a protestar por el origen de la desigualdad y a hablarnos de la rebelión de las masas, que no vengan los comunistas universitarios con sus teorías trasnochadas; porque no hay duda, desde el paleolítico, con el imperio de la fuerza física, la desigualdad ha formado parte de la naturaleza humana.

Pues bien, Javier se hallaba -ya sin escandalizarnos- entre los más pobres de los pobres, y era dueño además de un orgullo casi tan grande como su pobreza. Poseía una dignidad tan… ¿Cómo decirlo sin que la palabra suene ofensiva? ¡Absurda! Ese es el término correcto. Pues bueno, les decía que Javier era dueño de una dignidad tan absurda que ya empezaba a resultarle dolorosa. Sólo hay que tratar de imaginarlo en estas duras circunstancias: un dolor profundo que se va arraigando en su interior, poco a poco, primero como una débil braza cuyo fuego se acrecienta con las adversidades, sobre todo a medida que la edad y la experiencia le permiten percatarse de que la vida no es un cuento de hadas ni un parque de diversiones como lo creyó en su infancia. Ahora, en su situación, ponerse a andar de ocioso delante de todos, aparte de ser mal visto, no estaba exento de ciertos riesgos, toda vez que los desheredados están para cumplir rigurosamente las órdenes, sin añadir por su parte un mínimo de diligencias personales. En pocas palabras, andaba de ocioso el muchacho cuando para su mala suerte lo descubre el Maestro de Obra, y éste, al verlo tan campante, se creyó en la obligación de llamarle la atención, ¡hey tú, pinchi güevon! ¿Pa onde chingaos vas? Palabras más, palabras menos, fue lo que gritó, dirían después los albañiles a la policía, y lo digo yo, que como ya les mencioné, también ahí me encontraba curioseando en la construcción de la que sería nuestra nueva casa.

Oír el grito y percatarse de mi presencia fueron dos cosas que a Javier le ocurrieron al mismo tiempo. Y al reflexionar ahora en las circunstancias de ese preciso instante, concluyo que fue ese hecho, trivial en sí, ese giro de su cabeza lo que cambió el rumbo posterior de su vida. Porque cuando volteó a verme, no sé si rojo de ira o de vergüenza, yo estaba pensando en que no era apropiado quedarme allí parada, y no sabía si debía saludarlo con una sonrisa como cuando nos encontrábamos caminando en la plaza con los ojos llenos de alegría o si debía darme la media vuelta para evitarle la vergüenza de verse empequeñecido y bruscamente desnudado de su dignidad ante mi presencia. Hubo entonces un silencio tan denso, tan hondo, tan penetrante, que parecía que era un silencio de aguas profundas. Y fue como si la maquina del tiempo caprichosamente se hubiera detenido. Javier se quedó pasmado, viéndome desde muy adentro y muy atrás de sus ojos negros, más negros cada segundo. Ya lo verás, dijo de pronto, y no supe si me lo dijo a mí, al Maestro de Obra o a los albañiles. Sólo vi que súbitamente me dio la espalda y le propinó al gritón impertinente un golpe o un empujón en el pecho o en el hombro, eso no lo tengo muy claro. Me refiero a que si fue un golpe, empujón, si fue en el pecho, en el hombro o en la cara, debido a que como habrán de saberlo, no se trata de una película con cámaras apostadas en todos los ángulos posibles, y solo que Javier hubiera sido transparente o yo hubiera tenido alguna especie de rayos X podría asegurar algo de esta naturaleza. Pues bien, sería que el golpe o el empujón fue muy fuerte, pero que tan fuerte puede pegar un muchacho de trece años, sería que el Maestro de Obra estaba mal parado, sería que ya estaba escrito, el caso es que con el impulso, el otro reculó dos o tres pasos y fue a dar de espaldas al suelo, para su mala suerte sobre unos tablones. Pobre hombre, que corta le salió la vida. Ya no pudo levantarse, un clavo mal colocado, diabólicamente preciso se le encajó en la base de la nuca. Todavía recuerdo esos ojos en el momento en que ya nada importa, por unos segundos absortos por la sorpresa, de un color castaño muy claro fueron perdiendo el brillo, poco a poco, hasta quedar finalmente como un espejo empañado.

Que odiosa es la naturaleza humana, en vez de pensar en el hombre muerto, en lo que sería de su mujer y sus hijos sin el soporte del hombre de la casa, pensé en Javier. Virgen Santísima, trece años y llevar en el alma la carga de una muerte. La vida, la muerte, el destino o lo que sea, pende de un hilo tan delgado. Algunos piensan que el porvenir está en nuestras manos y que lo vamos trenzando como se tejen los flecos de un mantón de Manila o como se teje una estola, dos puntos del derecho, echar hebra, dos puntos juntos y echar hebra y vuelta a empezar; dos puntos del derecho, echar hebra, dos puntos juntos y echar hebra y vuelta a empezar. Otros piensan que todo está ya predeterminado por una voluntad superior: todos nosotros, nuestra substancia, la vida, el destino inseparable decretado desde el principio de los tiempos por Iahvé, Jehová, Jesús, Alá, Dios o como quiera que le digan. Fuese por ese incidente o porque así tenía que ser, o porque no contaba con los medios para defenderse adecuadamente y nadie llamó a su puerta para ayudarlo, Javier pasó el resto de su adolescencia en el reformatorio.

Y así fueron pasando los días, largos, larguísimos, con unas horas que se extendían amargas entre mis tardes soporíferas. Dos días, tres días, cuatro días sin saber de Javier, y nadie parecía percatarse de mi sufrimiento. ¿Que importancia puede tener lo que piense una muchacha de trece años? Los días se convirtieron en meses, y los meses, más largos aún, se fueron convirtiendo en años. Y las noticias que de él me iban llegando por boca de su madre eran cada vez más espaciadas en el tiempo, unas veces buenas, otras malas, pero las buenas nunca iban más allá de unas vagas ilusiones, que ya pronto saldría libre, que ahora sí lo soltarían para la navidad, que ya casi, mijita, para semana santa. Hasta que un día alguien vino a la colonia y dijo que se había saltado la barda junto con otros muchachos, luego dijeron que en el periódico salió que lo habían identificado en un asalto a una farmacia donde una muchacha terminó perdiendo la vida, y otro día dijeron que lo habían visto en una fiesta despilfarrando dinero como todo un magnate.

Toda esa imprecisión en las noticias infundía entre la gente de la colonia un insidioso endiosamiento. Como si Javier ya no fuera aquel muchacho pobre, trabajador y honesto que fue injustamente culpado de un crimen que nuca tuvo la intención de cometer, sino que en cualquier momento fuera a aparecer por el medio de la calle, ya hecho un hombre y alzando la cabeza como un héroe, y no había quien les metiera en la cabeza que es en esa manera de pensar, en esa idealización de los villanos es donde está la raíz del vicio de toda una raza.

El tiempo, que todo lo cura, hizo que poco a poco esa ausencia fuera siéndome soportable. Para cuando ingresé a la facultad de Derecho ya habían quedado muy atrás aquellos besos que nos dimos a escondidas entre los arbustos del parque. Terminé mi carrera, empecé mi servicio en la agencia segunda del Ministerio Público, y de Javier sólo muy de vez en cuando me llegaban lejanas referencias, todas indirectas. Por ejemplo, vi cómo fueron mejorando las condiciones de vida de su madre. De aquél jacalón ya no quedaba nada. Por lo que concluí que aquella enorme casa de dos pisos, con un insólito altar a la virgen de Guadalupe en una esquina del patio, quizás era un intento del hijo descarriado para engatusar el cariño de su madre. Aunque a la pobre mujer nunca la vi alegre. Por el contrario, se le fue el frescor de la cara como si anidara en su ánimo una gran tristeza, y lo realmente inquietante era la expresión de su mirada, o mejor sería decir la falta de expresión, sus ojos daban la idea de estar muertos, como cubiertos por una polvareda de congoja.

Ayer nos llegó una llamada anónima. Nos informaban que a la orilla de un camino vecinal yacía el cuerpo de un desconocido, envuelto en una cobija. Cuando llegamos, los de periciales ya estaban acordonando el área. Un relente nauseabundo flotaba en el aire como una mariposa putrefacta. El mismo espectáculo siniestro de siempre: un ajuste de cuentas. Siguiendo la regla, el cadáver tenía un orificio de bala en la frente y una gran cantidad de larvas de mosca en los orificios nasales y en la boca, por lo que concluí que se encontraba en la primera etapa. Y es que el primer testigo de una muerte casi siempre suele ser una mosca. Tienen el sentido del olfato tan agudo que en ocasiones vuelan hasta tres kilómetros para acercarse a un cadáver todavía fresco. En eso estaba pensando cuando uno de los investigadores se acercó a mí y me mostró la credencial de elector que encontraron entre las pertenencias del cuerpo. ¿Era eso real, pues? ¿Esto es lo único cierto de la vida? No podía ser. Era el nombre de Javier el que estaba leyendo. ¡Por Dios! Cómo imaginar que ese bulto de cabello enmarañado había sido amado. Cómo imaginar que a esa creatura también una madre lo llevó en brazos, y yo lo tuve en el corazón por tanto tiempo.

Todo es según el color del cristal con que se mira, es refrán conocido y de mucha aplicación, pero no es tan obvio como pareciera a quien se satisfaga con el simple significado de las palabras. En verdad, todo depende de la manera de ver las cosas según sea el sentimiento de quien esté mirándolas. Por ejemplo, si le preguntáramos a alguien, cómo van las cosas, no contestaría lo mismo si la pregunta la hiciéramos a quien yéndole mal, espere días peores, o que le preguntemos a otro que teniendo su presente resuelto, del futuro sólo anhele la prometida dicha que el Señor tiene que cumplir. Un bicho menos, todo bien mientras se elimine únicamente la escoria, eso me decía yo cada vez que recogíamos el cuerpo de algún infeliz ejecutado por la mafia. ¿Dónde está la justicia divina, para morir de esta manera? Me pregunté ayer, indignada, cuando descubrí al ser humano que habitó los restos ahora corrompidos. Y en este momento pienso que mucho se ha hablado de lo que está hecha la vida, de como vamos creando con el propio esfuerzo nuestro destino, pero a veces es la casualidad la que se interpone y desvía el rumbo por oscuros senderos. Y es la casualidad la que finalmente determina la vida.

¿Cuándo acabará esta guerra? Ya debe encontrarse en su etapa final. La furia siempre se recrudece en los últimos estertores de la batalla. No tardará, me digo para darme ánimos, y de antemano sé que me estoy engañando. Hoy aparecieron once cadáveres apilados unos encima de otros, dos de ellos decapitados. Los jefes de la mafia, posesos de la furia, echando espumarajo por la boca tal como si los hubiera mordido un perro rabioso, arrojan a sus tropas a la batalla más bestial de la que hayamos tenido noticia, matando a sus rivales, a sus mujeres, a sus hijos y sobrinos, pobres ovejas que no tienen otra culpa que estar emparentados con lobos y verdugos. ¿Cuándo se hará el recuento final? Tantos muertos allá, tantos acá, algunos culpables, los más, victimas inocentes que tuvieron la mala suerte de hallarse en el momento y en el lugar menos indicado, unos más cerca y otros más lejos de nuestras querencias.

La madre de Javier vino hace unas horas y se llevó el cuerpo de la morgue para velarlo en su casa. Cuando vio a su hijo sobre la plancha forense, pensé que iba a estallar en llanto, pero no hubo un cambio perceptible en su rostro ya de por sí entristecido. Lo primero que hizo fue persignarse y luego rezó un rosario al espíritu santo. Y antes de irse me dijo que en su alma siempre llevó el presentimiento de esa muerte, y que su hijo no hizo más que recorrer el camino para el que ya estaba predestinado, que por eso regresaba a su casa sin el peso de la duda de cuándo le avisarían que lo encontraron muerto.

Hoy, las cosas siguen igual, día tras día: pelotones de soldados recorren la ciudad, van y vienen, salen y entran, y un ser humano nace cada segundo en alguna parte mientras que aquí otros mueren y aparecen en los terrenos baldíos con el vientre hinchado, y es asombroso las cosas que los muertos dejan tras de sí: los recuerdos son como las valijas que la gente deja en los camiones o en las salas de espera y que nadie reclama. El año pasado recogí la cartera de ese hijo del tendero que se metió de narco y al cabo de los meses apareció muerto. Había una pequeña foto de una niña sonriente ahí dentro. Me sentí tan triste al verla. Ahora imagino que ella anda por ahí, y que de su padre no le quedó otro legado que su recuerdo y, que al recordarlo, su sonrisa se amarga y desvanece como una hermosa luz resplandeciente que poco a poco se apaga. He soñado que estoy contemplándola desde un promontorio, la niña va en un barco que se mece sobre las olas, flota suspendida sobre la salobre agua, somnolienta. Adiós. Y en una curiosa metamorfosis, es ella y soy yo quien navega sobre la mansa corriente. Yo, la querida, la reina que se marcha hacia el pasado donde la esperan sus fantasmas. Y a cada lenta ondulación la sonrisa se eleva, se hunde hasta desvanecerse en la lejanía.

Concluyo pensando en que el crimen ya se apoderó de todos nosotros. Desearía poder ofrecer una solución, pero no hay tal. Desearía poseer una especie de sabiduría que explique cómo acabar con la monstruosidad de la violencia, pero no hay tal. Tampoco puedo ofrecer un consuelo a todas estas gentes que sufren. A cambio les di mi testimonio y les doy ahora una certeza. Ahora lo entiendo, todo es según el color del cristal con que se mira.

¿Qué es una novela?

Novela, s. (En inglés, romance, novela de aventuras más o menos fantásticas. por oposición a "novel", novela realista ). Cuento inflado. Especie de composición que guarda con la literatura la misma relación que el panorama guarda con el arte. Como es demasiado larga para leer de un tirón, las impresiones producidas por sus partes sucesivas son sucesivamente borradas, como en un panorama. La unidad, la totalidad del efecto, es imposible porque aparte de las escasas páginas que se leen al final, todo lo que queda en la mente es el simple argumento de lo ocurrido antes. La novela realista es al relato fantástico lo que la fotografía es a la pintura. Su principio básico, la verosimilitud, corresponde a la realidad literal de la fotografía, y la ubica dentro del periodismo; mientras que la libertad del relato fantástico no tiene más límites que la imaginación del narrador. Los tres principios esenciales del arte literario son imaginación, imaginación e imaginación. El arte de escribir novelas, en la medida en que pudo llamarse arte, ha muerto hace mucho en todo el mundo, salvo en Rusia, donde es nuevo. Paz tengan sus cenizas... algunas de las cuales aún se venden mucho.

Ambrose Bierce,del Diccionario del Diablo.

Jardines bajo la lluvia, de Kostas Steriópoulos

Discretamente dejásteis abierta vuestra puerta,
vuestra puerta de madera, jardines, para que entre la soledad.
Primavera, pero parece otoño
que muy temprano anocheció. Cielo nublado.
Escalones llenos de hierba. Fuentes de mármol.
Flores bajo el cielo pesado
que tristes se mueven despacio.

(Tarde tranquila, para ensoñaciones;
pasando bajo las frondas, acariciando los troncos,
para que hablemos de viejas primaveras, de recuerdos muertos.)

Y luego, cuando empieza fresca
en los surtidores gota a gota el agua
–círculos que se alejan buscando su música en lo pasado–
y luego, en alguna parte desaparecido, cuando empieza, un ángel triste

se erguirá para rezar
junto con las frondas y los troncos
que se reflejan de rodillas.

(No es estremecimiento de un tacto amoroso;
es viento que palpa asustado los pinos,
es el agua que susurra, la antigua amiga: la tristeza.)

Discretamente dejásteis abierta vuestra puerta,
para que entre la noche con la soledad.
Y a través fríos bustos
y bajo el cielo nublado,
fraternalmente caminando con la lluvia,
que hablen de viejos amores, de recuerdos muertos.

La carnada, de José Luis Martínez S.

Comparto con mis dos lectores esta interesante crónica que nos ofrece la prestigiada revista literaria Nexos (hoy en línea), y que nos pone al día sobre los acontecimientos en torno al infame secuestro del empresario Hugo Alberto Wallace Miranda.


Juana Hilda González Lomelí escuchó el timbre y salió de su departamento para recoger la orden de sushi que pidió por teléfono. Eran las cinco de la tarde del martes 12 de julio de 2005. Estaba sola y cansada, la noche no había sido fácil con los ruidos y los gritos, con el hombre asesinado y descuartizado en el baño de su casa. Ahora, además de sueño tenía hambre.

Su amante César Freyre, ex policía judicial del estado de Morelos, le había propuesto semanas antes participar como gancho en el secuestro del empresario Hugo Alberto Wallace Miranda. Ella —diría luego ante el Ministerio Público— dudó al principio:

—Tenía miedo de que le fuera a pasar algo a esa persona, pero César me aseguró que no le iba a suceder nada, que sólo le sacaría dinero a su familia.

Aceptó, por eso, conocer y salir con Hugo Alberto, ocultando su identidad con el nombre de Claudia.

En compañía de cuatro amigas Juana Hilda González Lomelí había llegado de Guadalajara a la ciudad de México en 2002 con la idea de grabar un disco. El proyecto se perdió en el camino pero ella encontró acomodo en el grupo Mixto, formado por tres hombres y tres mujeres, y de ahí pasó a Clímax como bailarina cuando este conjunto se escuchaba por todos lados con la canción “Mesa que más aplauda”.

Vivía en el departamento 4, en el segundo piso de un edificio ubicado en Perugino 6, colonia Extremadura Insurgentes, en donde César Freyre, quien ocasionalmente se quedaba a dormir con ella, solía reunirse con sus amigos. El 12 de julio, a eso de las 12:30 de la noche, Juana Hilda llegó con Hugo. De acuerdo con lo planeado, lo esperaban César, los hermanos Alberto y Tony Castillo Cruz, Jacobo Tagle Dobín y su novia Brenda Quevedo Cruz. Cubiertos con pasamontañas, César y Jacobo tomaron a Hugo Wallace por la espalda, pero no pudiendo dominarlo, lo golpearon entre todos.

—Yo me encerré en el baño de una recámara —relata Juana Hilda—, pero escuchaba cómo lo golpeaban y las voces de César y Jacobo ordenándole que se callara. Para que no se oyeran sus gritos, pusieron la televisión a todo volumen. Me pasé del baño a otra recámara y vi cómo César, Jacobo, Tony y su hermano lograban someterlo por completo, aventándolo después en un colchón.

César y Jacobo salieron para mover la camioneta que Hugo estacionó frente al edificio, pero tenía la alarma puesta y el motor no arrancaba. Jacobo regresó al departamento para preguntarle a Hugo cómo desactivarla. Debido a que éste no le respondía, llamó por radio a César quien subió enojado y, diciéndole que “no se hiciera tonto”, lo golpeó hasta que comenzó a convulsionarse. Murió poco después.

—Para entonces ya eran como las tres de la mañana —cuenta Juana Hilda—. César le dijo a Jacobo que debían desaparecer la camioneta, por lo que ambos salieron del departamento y tardaron como una hora en regresar. Todo ese tiempo yo estuve con Brenda en una recámara, sin platicar, viendo la televisión.

César le comentó a Juana Hilda que no lograron encender el vehículo, por lo que llamaron una grúa, pero dos calles adelante la camioneta se derrapó y tuvieron que dejarla ahí.

Para deshacerse del cuerpo, decidieron cercenarlo y meterlo en maletas y bolsas negras de plástico que César, Jacobo y Brenda, en el auto de ésta, un Corsa color plata, fueron a tirar a un sitio hasta ahora desconocido, mientras Alberto y Tony se dedicaron a limpiar el baño donde habían destazado el cuerpo de Hugo.

Alrededor de las 11 de la mañana ellos también se fueron y Juana Hilda se quedó sola. Dos horas antes, para descansar un poco de la situación que privaba en el suyo, bajó a visitar a su amiga Vanessa Martínez Figueroa en el departamento 1.

—Ella me preguntó si estaba bien, pues por la noche había escuchado mucho escándalo y pensaba que César me había golpeado —dice Juana Hilda. (Tan lo pensó que incluso marcó al número de emergencia de la policía, pero nadie acudió a su llamado.)

—Le expliqué que él estuvo bebiendo con unos amigos y que yo había ido al cine. Me comentó que le preocupaba la situación que yo vivía con César, quien en ese momento llegó para decirme que subiera porque tenía que darme unas cosas, lo cual era un pretexto para que volviera al departamento.

Hacia las cuatro de la tarde, Juana Hilda sintió hambre y salió a la calle para pedir sushi desde un teléfono público. A las cinco bajó a recibirlo. A la entrada del edificio había mucha gente, patrullas y policías. Escuchó que buscaban a la muchacha “bustona y petacona” del departamento 4, y les dijo que era ella. Un policía vestido de civil le indicó que habían plagiado a un joven con el que al parecer estaba relacionada, y le preguntó si trabajaba en el restaurante Konditori. Respondió que no. Otro policía le inquirió si estaba dispuesta a ser identificada por el chofer del secuestrado, quien conocía a la amiga de su patrón, y aceptó tranquila, sin reparos.

El chofer no la reconoció. Le dijeron que se fijara bien, pero después de observarla negó que ella fuera la persona que buscaban, quizá porque ese día, desvelada, sin maquillaje, con pants y el cabello recogido, le pareció muy diferente a la guapa mujer que había conocido la noche del 4 de julio, cuando fue a recogerla con Hugo Wallace a un restaurante de Insurgentes.

Los familiares de Hugo pretendieron ingresar al edificio, incluso la madre llegó hasta la puerta de Vanessa pero la policía la obligó a salirse. Ésa fue la primera vez que Juana Hilda vio a la señora Isabel Miranda de Wallace, la madre de Hugo.

—Poco después —contaría Juana Hilda— los policías se retiraron, ofreciéndome disculpas. Antes de que se fueran, les dije que si tenían más preguntas que me las hicieran de una vez, porque al día siguiente, por motivos de trabajo, saldría de viaje.

Hugo Alberto Wallace Miranda acostumbraba llamar a su mamá cada noche para despedirse de ella. El 11 de julio de 2005 no lo hizo. Al pasar las horas sin tener noticias de su hijo —no respondía ni el celular ni el radio ni en su casa—, en la madrugada la señora Wallace comenzó a preguntar telefónicamente por él en hospitales y delegaciones. Por la mañana, como seguía sin aparecer, le habló a su familia para que la ayudaran a buscarlo.

Uno de sus sobrinos sabía que Hugo estaba saliendo con una muchacha “muy guapa” y le preguntó al chofer de éste si la conocía.

—Hace poco pasamos por ella frente a un restaurante de Insurgentes —le contestó—. No recuerdo exactamente dónde está ni cómo se llama, pero si usted me lleva en su coche por toda la avenida, cuando lo vea lo voy a reconocer.

Empezaron a recorrer Insurgentes hacia el sur a partir de Viaducto. Al llegar a Félix Cuevas, el chofer vio el Konditori y le dijo:

—Aquí es.

La posibilidad de que la mujer viviera en los alrededores hizo que comenzaran a explorar la zona. En la calle de Carracci esquina con Cerrada de Empresa, encontraron la camioneta de Hugo, mal estacionada, “toda chueca”, dice la señora Wallace. Su sobrino la llamó y al llegar a ese lugar y ver el vehículo de su hijo, comenzó a llorar.

Un hombre de traje, con lentes, barba y bigote se le acercó para preguntarle si conocía al dueño de la camioneta.

—Es mi hijo —respondió ella—. ¿Lo ha visto?

—No señora —le dijo el hombre—. Pero esta camioneta no estaba aquí anoche, sino a la vuelta; cuando yo llegué vi que bajaban unas personas de ella, pero no puse atención.

A la vuelta estaba la calle de Perugino. La señora Wallace se dirigió a ella y en unos consultorios le preguntó al vigilante por una muchacha como la descrita por el chofer de su hijo. “Vive en ese edificio —le contestó el vigilante—, en el departamento 4”.

La señora Wallace llamó a la Policía Judicial del DF y a la Agencia Federal de Investigaciones (AFI). Pensaba que su hijo estaba secuestrado en ese edificio a cuyas puertas se encontraba con su esposo, sus hermanos y sus sobrinos. Solicitó que las autoridades inspeccionaran el inmueble pero éstas no lo hicieron, y las evidencias que había ahí esa tarde, o se perdieron o fueron descubiertas cuatro días después, como la licencia de Hugo, cuando un juez dictó la orden de cateo.

Juana Hilda regresó a su casa y por radio le informó a César Freyre lo que estaba sucediendo.

—Me dijo que no me preocupara, porque ya se habían desecho del cuerpo, pero que me saliera del departamento.

En compañía de Vanessa y sus dos niños abandonó el edificio alrededor de las siete de la noche, y abordaron un taxi que solicitaron por teléfono. Ellos se bajaron unas calles más adelante y Juana Hilda se dirigió al lugar de Insurgentes Sur que César le indicó por radio —único medio que utilizaban para comunicarse—. Lo encontró con Jacobo y Brenda a bordo del Corsa plata.

En los días siguientes, cada una por su lado, Juana Hilda volvió al departamento por sus artículos personales y Brenda por una pistola tipo escuadra de Freyre. Ambas contaron con la ayuda de Vanessa, a quien César solía pagar por sus servicios.

La señora Wallace pidió que la policía vigilara el lugar, pero nadie lo hizo. Ni la Judicial del Distrito Federal ni la AFI.

—Se retiraron y me dijeron que iban a llevar a cabo sus investigaciones de acuerdo con su protocolo. Desconozco cuál es el protocolo —comenta.

Ella y su familia decidieron montar guardia, día y noche, afuera de Perugino 6. Pensaban que en algún momento podrían sacar a Hugo; quizá vieron entrar y salir a Juana Hilda y a Brenda o rondar por ahí a los hermanos Castillo Cruz, pero no los conocían. “No sabíamos quiénes eran”, dice la señora Wallace.

—Estábamos en un auto —agrega— y a cada rato nos aventaban patrullas diciéndonos que nos moviéramos de allí; la AFI no quería que estuviéramos allí. Pero estuvimos, aun a contracorriente.

Durante ocho días permanecieron en el lugar. Los plagiarios de Hugo ya los tenían identificados y los vigilaban constantemente.

—Habíamos descubierto su escondite y no era improbable que atentaran en contra nuestra —comenta la señora Wallace—. Realmente fue una etapa de mucho arriesgue.

Juana Hilda, César, Jacobo y Brenda se dirigieron a un hotel de la colonia Doctores, en el que se alojaron aproximadamente un mes. Durante ese periodo, afirma ella en la ampliación de su declaración ministerial (8 de febrero de 2006), sus tres acompañantes visitaban ocasionalmente la casa de la mamá de Brenda para “arreglar” en computadora las fotos que le tomaron a Hugo después de muerto y con las que pretendían negociar con la familia Wallace el pago de un rescate.

Juana Hilda casi no salía de la habitación y estaba poco enterada de los hechos:

—César no me quería contar nada porque decía que yo era muy nerviosa —asegura.

Del hotel de la colonia Doctores, los cuatro se trasladaron al segundo piso de una casa ubicada en la calle de Pirineos, a una cuadra de División del Norte y Eje Ocho. Allí Juana Hilda se enteró de que César continuaba frecuentando a su ex novia Keops, discutieron y él la corrió. Se fue al día siguiente; metió sus cosas en dos taxis y se dirigió a una casa de huéspedes cercana al Ángel de la Independencia.

No era la primera vez que César y Juana Hilda peleaban. Ella sostiene que en varias ocasiones pretendió dejarlo, pero le tenía miedo. Su relación era “tormentosa”, él la golpeaba y en una ocasión, ante la amenaza de abandonarlo, le colocó una pistola en la boca. No siempre era así. A veces la trataba bien y le prometía una relación estable para un futuro que nunca llegó.

Trabajó casi dos años en el grupo Clímax, liderado por Óskar Lobo. En algunas fotografías aparece con el conjunto bailando en el escenario, risueña y con ropa ligera. Pero Óskar no la recuerda:

—Quizá alguna vez estuvo con nosotros, pero a ciencia cierta lo ignoro... La disquera Musart se encargaba de contratar a los músicos, a las bailarinas, a los técnicos, a toda la gente que participaba en nuestros espectáculos. Las muchachas no eran exclusivas de Clímax, sino que se contrataban por evento y traían un mánager especial. Yo casi no las trataba por ética, por respeto —dice Lobo en entrevista.

En la versión de Juana Hilda, quien asegura que lo conocía bien, luego de permanecer un mes en la casa de huéspedes, llamó a Óskar por teléfono:

—Le dije que quería trabajar y él me contestó que estaba en la ciudad de Los Ángeles, en Estados Unidos, que fuera para allá porque estaba haciendo dos videos del grupo y tenía varias presentaciones.

Juana Hilda aceptó la propuesta y viajó a Los Ángeles a mediados de noviembre. Allá filmó una película con Clímax y creyó que por fin había terminado su relación con Freyre.

No fue así. César la llamó por radio y, después de su gira, ella volvió a vivir con él, ahora en una casa que él rentaba en la Avenida Tenorios 91, en Coapa. Durante un tiempo no volvieron a hablar de lo sucedido con Hugo Alberto Wallace Miranda.

El departamento que ocupaba Juana Hilda en Perugino 6 tenía las ventanas pintadas de negro. La señora Wallace lo observaba constantemente. Estaba convencida de que ahí tuvieron secuestrado a su hijo y de que la policía no hacía nada para resolver el caso, por lo que era necesario no claudicar en la vigilancia.

—Sentía que si yo me iba de ahí perdería pistas importantes. Iba a perder a personas, objetos, no sé. Había algo que me decía que tenía que permanecer allí, aunque la AFI no quería que lo hiciera —comenta.

Ocho días estuvo en esa calle con su familia, sin dormir, pasando las noches en un automóvil, esperando encontrar alguna pista sobre el destino de Hugo. Después cambiaron de estrategia, dejaron de estar ahí todo el tiempo, pero no de acudir a la colonia y de preguntar a los vecinos, al de la tiendita, al cartero, a los recolectores de basura, a toda la gente que podían, sobre quién vivía en ese departamento cuyas ventanas pintadas de negro eran más que una metáfora.

Así supo que era rentado por una muchacha de Guadalajara que era bailarina. Un vigilante le aportó otro dato: bailaba con el conjunto que popularizó la canción que decía “Za, za, za”. Con esta información, la señora Wallace se enteró del nombre del grupo y comenzó a investigar quién era su dueño o representante, enterándose que radicaba en el puerto de Veracruz y se llamaba Óskar Lobo.

Lo fue a buscar. Al verlo le dijo que trabajaba en un corporativo y quería contratar a su grupo para una fiesta de ejecutivos, pero para hacerlo había
un requisito:

—Me piden —le explicó— que yo presente un CD donde aparezcan todas las bailarinas, porque a mi jefe le gusta una de ellas y quiere que participe en el evento.

Lobo le dio el disco. Al regresar a la ciudad de México la señora Wallace imprimió las fotografías y, con ellas, volvió a Perugino. Tuvo suerte: al verlas, una señora que vendía quesadillas le señaló a la muchacha por la que andaba preguntando.

Al dueño del edificio le exigió una relación con los nombres y teléfonos de sus inquilinos. A través de ésta indagó el nombre de la mujer que arrendaba el departamento 4, el de las ventanas negras: Juana Hilda González Lomelí. Juana Hilda había anotado en esa lista, de puño y letra, un número telefónico que aparecía en el estado de cuenta del celular de Hugo.

Con estos datos la señora Wallace comenzó a buscar a Juana Hilda. Viajó a Guadalajara y en el directorio telefónico encontró varios homónimos, pero no a ella. Sin embargo, sí pudo ubicar a su familia:

—Su mamá estaba vendiendo una casa, y esto me permitió contactarla —relata la señora Wallace—. Traté de averiguar el paradero de Juana Hilda, pero no obtuve nada. De cualquier modo, con el número telefónico que conseguimos, mis hermanos y yo investigamos con quién hablaba la señora, descubriendo que su hija la llamaba de casetas públicas, casi todas desde el sur de la ciudad de México.

La AFI le proporcionó a la señora Wallace las “sábanas” con las llamadas que entraban y salían del domicilio de la madre de Juana Hilda, quien ya estaba enterada de que le seguían la pista:

—Mi mamá me comentó que habían ido a preguntar por mí unas personas; yo se lo platiqué a César y él me ordenó que no volviera a hablarle de la casa, que si necesitaba comunicarme lo hiciera de teléfonos públicos, y lejos de donde vivíamos —declararía Juana Hilda en febrero de 2006—. También me dijo que no me preocupara, que no iba a pasar nada.

Sin explicación aparente, la mamá de Juana Hilda comenzó a llamar a su hija desde una tienda cercana a su vivienda. Ignoraba que ese teléfono tenía identificador de llamadas y que la única vez que Juana Hilda le habló desde su refugio, el número quedó registrado en el aparato.

La dueña de la tienda se lo proporcionó a la señora Wallace, quien así pudo descubrir la dirección de Juana Hilda: Avenida Tenorios 91, Casa 5-C, en Coapa.

Para corroborar que Juana Hilda realmente vivía ahí, la señora Wallace contrató a un “muchachito” en un supermercado de los alrededores. Le pidió que llevara un botellón de agua a la casa que ella le indicaba y, principalmente, que se fijara en todos los detalles, quién le abría, qué aspecto tenían los vidrios de las ventanas, en qué condiciones estaba la puerta. No perdía la esperanza de que su hijo se encontrara en aquel lugar.

El niño cumplió con el encargo. Le informó que le abrió una muchacha, a la que describió con las características de Juana Hilda. La señora Wallace no perdió la calma, durante varios días vigiló la casa. Vio que Juana Hilda entraba y salía acompañada de un hombre. Ella y su hermano comenzaron a seguirlos, utilizando diferentes vehículos para que no los detectaran.

Juana Hilda o Freyre percibieron algo raro, porque la mañana del 10 de enero de 2006 ella contactó a la policía del Distrito Federal bajo el pretexto de que querían secuestrarla. La señora Wallace y su hermano se hallaban en un automóvil frente a la casa de Tenorios 91 y la policía intentó detenerlos pero, tras identificarse, la señora Wallace realizó una llamada “a alguien del DF”, explicándole la situación.

La policía irrumpió entonces en la casa de Juana Hilda y Freyre, habló con ellos, y los dejó ir. Abordaron una camioneta Navigator negra último modelo, dejando en el estacionamiento el auto de Juana Hilda, un Mustang rojo convertible.

—Cuando la vi marcharse, yo entré en cólera —recuerda la señora Wallace—. Tanto trabajo que me había costado localizarla para que la dejaran libre, yo no sabía si volvería a verla. Le hablé al licenciado José Luis Santiago Vasconcelos a la SIEDO, le expliqué lo que pasaba y él me mandó varios Gafes (Grupo Aeromóvil de las Fuerzas Especiales), que hicieron un magnífico trabajo.

Freyre envió a unas personas a recoger el Mustang, pero los Gafes les impidieron recuperarlo. Juana Hilda se comunicó a la caseta de entrada del condominio. La atendió un Gafe que, fingiendo ser el vigilante, le explicó que sólo ella o su pareja podían sacar el automóvil.

—Regresó y ahí la detuvimos —dice la señora Wallace.

Fue acusada de secuestro y delincuencia organizada. En su primera declaración ante el Ministerio Público, el 11 de enero de 2006, Juana Hilda negó los cargos que se le imputaban y dijo que su pareja se llamaba César Antonio Hernández Lozano. Casi un mes después, el 8 de febrero, en la ampliación de su declaración ministerial admitió su participación en el secuestro de Hugo Alberto Wallace Miranda, narró su asesinato y descuartizamiento y nombró a los implicados en el crimen.

Al conocer el destino de su hijo, la señora Wallace decidió no parar hasta localizar sus restos y capturar a los asesinos, lo que ha hecho con sus propios medios. Juana Hilda fue la primera, después siguieron César Freyre, los hermanos Alberto y Tony Castillo Cruz y Brenda Quevedo. Le falta Jacobo Tagle Dobín.

—Y encontrar a Hugo —afirma la señora Wallace—, hasta entonces no doy por cerrado mi caso. Es algo que necesito, quizá mucha gente no lo entienda, pero para mí es vital encontrar a mi hijo, es una cuestión que va más allá de todo. No voy a renunciar.


José Luis Martínez S. Periodista y editor. Autor de La vieja guardia.
Fuente: Revista Nexos

My uncle’s first jeans

Por Juan Dicent

En el Bronx hay un zoológico con las jaulas abiertas. El león, el tigre y la hiena se asoman hacia Morris Park, y sin pensarlo dos veces se devuelven. Cuenta un mono muy viejo que un cocodrilo joven con todo el ímpetu de la inexperiencia se atrevió a llegar hasta la Southern Boulevard. Allí se mezcló con la gente; se burló de las falsas pieles de reptiles en zapatos exhibidos en vitrinas a punto de reventar con merengue, bachata, salsa, son y reggaetón; en su temeridad siguió a un grupo que iba para un club de strippers por Hunts Point; totalmente borracho se durmió en el tren 2 y regresó al zoológico sin cola, cojo, sordo y con una ceja afeitada.

Entre las calles cercanas al zoológico hay una con el nombre de un escritor que escribió sobre una ballena. En esa calle debajo de un árbol gigante hay una casa de dos pisos y un sótano. ¿Qué hora es? Ya son las siete, voy a entrar al sótano sin hacer ruido. Aquí vive un hombre con ojeras negras, noches de desvelos pensando en cómo hacer más dinero para regresar a su pueblo. Ese hombre es mi tío. En abril cumplirá 50 años y nunca se ha puesto unos jeans; su estilo puede ser catalogado de “Pachuco 1983.” De hecho, como el tío de Napoleon Dynamite, quisiera encontrar una máquina del tiempo y regresar a agosto del 83, precisamente un mes antes de venir a Nueva York. Ese mes lo pasó de despedida en despedida, bebiendo todos los días y en las madrugadas, acostado, mirando el techo, su imaginación proyectaba el futuro en las calles de Manhattan donde se enamoraba de una educada princesa rubia, se hacía millonario de una forma nunca definida y se graduaba de astronauta visitando la luna.

Mi tío no encontró su princesa, se casó con una dominicana de cabellos teñidos de amarillo pollito que se pasaba el día gritándole “Tú me tiene jarta macañema.” No se hizo millonario, maneja un taxi desde las 4 de la mañana hasta las 5 de la tarde de lunes a lunes y sin perder las esperanzas juega todas las lottos y raya y raya y raya buscando el millón de dólares pagaderos a 20 años. ¿No es asombroso cómo alguien puede pensar que va a estar vivo de aquí a 20 años? Ah, y no se ha graduado de astronauta, si lo hizo todavía no ha ido a la luna.

En noviembre, el fin de semana del pavo, su matrimonio tiró el último tiro. “Esa aquerosa lo que quiere e tar de clu en clu to las noche como si fuera una muchachita de 20 año”, es la versión de mi tío gritada en presencia de cualquiera, especialmente del hijo teenager de ambos. “Ese macañema lo que quiere e que uno se acuete como él a la 7 de la noche como si uno fuera una vieja con las vena de la piernas hinchá de varice”, es la versión de ella gritada en presencia de cualquiera, especialmente del hijo teenager de ambos. Yo, la verdad, creo que el matrimonio fue un éxito, duró más de 20 años sin un asesinato.

Mi tío se fue en diciembre para Bonao, sus primeras vacaciones en una década. Y así como en primavera las hojas brotan de las ramas que parecían estar secas, las ganas de vivir retoñaron en un cuerpo que parecía estar preparándose para los gusanos. ¿Tengo que decir que mi tío se enamoró de una muchachita de 20 años que lo mantuvo de discoteca en discoteca noche tras noche sin necesidad de cocaína? La familia no está contenta con ella, mis tías piensan que ella ve en mi tío a un pendejo viejo que le conseguirá una greencard y la sacará del país salvándola de los apagones, de los atracos por celulares, de bañarse tirándose con una latica agualluvia estancada que la hace sentir como piojos caminando por su cabeza cuando los gusarapos agonizan entre sus cabellos. “NO SE METAN CONMIGO COÑAZO, oren por mí, PERO NO SE METAN CONMIGO”, gritó mi tío y regresó a Nueva York con la idea de matarse trabajando para regresar a Bonao en abril, su cumpleaños, cuando colocará las bocinas en la marquesina con Peña Suazo, en vivo, desde el amanecer hasta el amanecer y matarán un chivo o dos, dependerá de los lambones.

El viernes me invitaron a un baby shower de una prima mía que tiene más de dos años aquí sin ver al esposo que se quedó con la hijita en Santo Domingo. En las escaleras me asusté con dos policías llamados por los vecinos para aplacar un poco el ruido y la saltadera, por poco y le digo “Yo tengo Social.” Adentro, casi borracho, estaba mi tío. Desde que me vio se acercó y, con la discreción de alguien que va a pedir dinero prestado, me llevó a una habitación cerrando la puerta. “Dino, tú sabe que yo tengo una chamaquita en Bonao y ella me dijo que cuando yo volviera sólo quería do cosa, bailá un reggaetón conmigo en la pita de Acuario y que yo me ponga jean, lo del reggaetón ta como jodón, pero yo quiero comprame uno jean y como tú siempre usa jean yo quiero que tú me acompañe a compralo.” Yo, con el asombro de una gallina que de un huevo empollado por ella ve nacer una culebra, le dije que sí, que claro, que yo lo acompaño. ¿No es increíble cómo el amor te hace hacer vainas que pensaste que nunca harías?

El primer día de la primavera fue frío. El viento tenía uñas arregladas por expertas coreanas. Si quería ir con mi tío debía llegar más temprano al trabajo y estar a las 6 de la mañana en la parada E-180 del tren 5, mucha gente. En los vagones nunca hay asientos vacíos, uno se pega de estos seres que huelen a jabón, a Listerine, a Agua Brava falsificada; que tienen los ojos llenos de desiertos con una mirada de no estar donde están. Vienen de otros países, sueñan regresar a sus pueblos, creen estar de paso, piensan que no viven en el Bronx cuando no sólo viven aquí, si no que aquí van a morir. Fantasmas con familias lejos pidiendo hasta el último centavo de sus sueldos; usando, para ahorrar, abrigos de tercera mano cuyos propietarios originales siempre han sido más gordos y más altos. Qué triste es ver a un hombre casi enano con rasgos indígenas metido, como un Rudy cualquiera, en un abrigo extra extra extra large de la universidad de Notre Dame. Los pobres, no se comen ni un dulce.

El Brooklyn Queens Expressway, o BQE, es una ruta comercial siempre congestionada. El miércoles a las dos y media iba un taxi con un merengue de Peña Suazo, en vivo, a todo volumen. El chofer acompañaba la orquesta tocando la tumbadora sobre el panel detrás del guía. El pasajero, ante la lentitud de un tapón que parecía contener todos los vehículos fabricados en el mundo, sentía una tentación inmensa de saltar y arrojarse a las ruedas de un camión lleno de embutidos de carne de jabalí. Mi tío baja un poco a Peña Suazo, en vivo, para contestar una llamada de un hombre que vino hace dos meses de Santiago Rodríguez y sin saber inglés, sin saber direcciones, ya está manejando un taxi.

-Oye varón, tú le dice al pasajero que te indique pa onde va, show me the way, tú le dice, y recuerda lo que te enseñé: Make a right, que doble a la derecha; make a lef, que doble a la iquierda; all the way down, que le dé pabajo hata lo último; all the way up, que le dé parriba hata el final; y right here, aquí e…

En la calle 86 en Brooklyn, a tres locales de la parada del tren R, hay una tienda muy grande donde venden todo a mitad de precio y de marca y siempre hay especiales. Encontrar parqueo no es fácil. Mi tío dio muchas vueltas hasta descubrir un espacio sospechosamente vacío. “NO PARKING MON-FRI FROM 8A TO 6P”, decía el letrero. Yo, en mi ignorancia de adepto al subway, le dije a mi tío que ahí no se podía parquear. Mi tío, en su sabiduría de taxista al que sólo le han puesto varias docenas de tickets, me contestó que eso era los lunes y los viernes y que hoy era miércoles.

Adentro de la tienda noté dos cosas:

1. Mi tío parecía un niño saludable en un parque de diversiones.
2. Todas las cajeras eran latinas y todas tenían patillas largas a lo Elvis Presley.

Mi tío compró como 30 artículos. Relojes Fossil de correas anchas imitación piel para él y para ella; blusas para ella, camisas para él con los mismos colores; trajebaños rojos para ambos; pantaloncillos estilo tangas para él y lingerie sexy para ella; varios jeans Lee, Levi’s y Diesel que va a dañar llevándolos al sastre para que le ponga los ruedos más estrechos. Cuando llegamos al carro encontramos, en el vidrio, ese sobre mamey terror de los conductores. Mi tío agarró la multa como si estuviera bregando con una cobra:

THE CITY OF NEW YORK
NOTICE OF PARKING VIOLATION
In violation of Sect 4-08 of NYC Traffic Rules
NO PARKING
DAYS/HRS: Mon-Fri/8a-6p
DATE/TIME OF OFFENSE
3/21/07 3:30pm
FINE AMOUNT: $60.00

Si no hay Dios

Enlaces sobre el tema de portada en Letras Libres

Michel Onfray, autor del Tratado de ateología, conversó acaloradamente con Nicolas Sarkozy poco antes de que éste se convirtiera en el presidente de Francia; la religión fue uno de los temas centrales en esta peculiar discusión.
Un mapa resume 5,000 años de religiones monoteístas en 90 segundos de animación, e indispensables en cualquier discusión sobre ateísmo, los cuatro ateos recalcitrantes (Dawkins, Dennet, Harris y Hitchens) discuten frente a las cámaras.

NO SE ME IMPORTA UN PITO... de Oliverio GIRONDO

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.

El horror de la Guerra de la droga

Un detalle en un tejido complejo

Bill Conroy
Narco News

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


Mientras cubría la guerra de la droga a lo largo de la frontera entre EE.UU. y México durante los últimos cinco años, he descubierto que hay dos tipos de historias: las que sólo tienen un sentido superficial y las que están tienen múltiples capas por lo complejo de la realidad.

Las primeras, por desgracia, sirven a menudo de látigos en manos de grupos de intereses que tratan de acobardar a los políticos para que impulsen medidas que militaricen aún más la frontera. Las segundas, sin embargo, pocas veces llegan a aparecer en más que un solo ciclo noticioso, cuando llegan a las noticias.

Pero son esas historias complejas, las que no sirven de temas de conversación fácil, las que siempre están más próximas a la verdad de la guerra de la droga – que como la propia frontera existe en una zona en la que la línea entre lo que es México y lo que es EE.UU. se evapora como un espejismo cuando uno se aproxima.

Me ha quedado en claro que ninguna solución para la violencia y la miseria que se extiende por la guerra de la droga puede ser encontrada a menos que sirva tanto para México como para EE.UU., a menos que encare la realidad de la inter-conexión de esa zona fronteriza – donde el tejido mismo de la sociedad está entrelazado como los hilos de un tapiz que se extiende sobre la historia.

El límite de ese tapiz no se puede hallar en su centro, sino a lo largo de sus bordes en el tiempo, tanto hacia adelante como hacia atrás. La prosecución de la guerra de la droga por las fuerzas de mantenimiento del orden no está exenta de esa realidad.

Una historia reciente que apareció en los titulares de primera plana en un periódico del sur de Texas ilustra lo que sucede cuando los medios dominantes bailan sobre ese tapiz, tratando de presentar una costura en ese tejido complejo como un desgarre en la tela, cuando, en realidad, sólo es otra hebra de complejidad.

La historia fue publicada recientemente en el San Antonio Express News, un periódico de Hearst. Pero podría haber aparecido en casi cualquiera publicación de la corriente principal que se da por satisfecha con presentar información sobre la superficie de la guerra de la droga.

La historia del Express News detalla un ataque contra una residencia en Nuevo Laredo realizado por una unidad paramilitar que supuestamente es empleada por narcotraficantes mexicanos. Cuando tuvo lugar en el otoño del año pasado, el consulado de EE.UU. en Nuevo Laredo supuestamente arrendaba la casa, que era de propiedad de un ciudadano estadounidense que vive al otro lado de la frontera en la ciudad texana de Laredo, según la información publicada.

El propietario de la casa afirma, de nuevo según el artículo, que creía que arrendaba la casa a empleados de bajo nivel del consulado de EE.UU., sólo para descubrir posteriormente que estaba siendo utilizada para una operación clandestina de inteligencia dirigida en conjunto por la DEA y los federales mexicanos, que apuntaba a narcotraficantes en Nuevo Laredo.

Numerosos archivos secretos y ordenadores fueron supuestamente robados de la casa en el audaz ataque de octubre, realizado a plena luz del día por la unidad narco-paramilitar, comúnmente apodada los Zetas. A comienzos del mes siguiente, Alan Gamboa, el ciudadano estadounidense propietario de la morada, fue afectado de nuevo, según el artículo. Su hermano, Ricardo, fue secuestrado en Nuevo Laredo, supuestamente por la misma organización narcotraficante responsable del asalto a la casa. Además, el negocio de Alan Gamboa en Nuevo Laredo fue robado e incendiado, según la noticia.

Todo esto lleva al periódico a advertir que la violencia de la guerra de la droga en México amenaza con extenderse más allá de la frontera hacia EE.UU.

El artículo dice:

Pero la DEA y la policía federal mexicana podrán tener un problema más urgente resultante del episodio: pistoleros del cártel se apoderaron de todos los ordenadores y de los archivos relacionados con la operación secreta, creando el espectro de una violación de la información de inteligencia que podría haber puesto en peligro a agentes e informantes a ambos lados de la frontera-

El artículo en Express News se basa en gran parte en fuentes anónimas – lo que no es poco común en historias relacionadas con la guerra de la droga. El periodista afirma que pudo confirmar que el consulado de EE.UU., realmente arrendó la casa de Gamboa en marzo del año pasado. Como prueba, el artículo cita a un “corredor inmobiliario” anónimo quien afirma que envió un contrato de arriendo al consulado de EE.UU. “por correo” y que “fue firmado y devuelto por un correo del consulado con ocho meses de alquiler anticipado.”

La historia del Express News también afirma que Gamboa dio un tour de la casa a “varios estadounidenses que conducían vehículos blindados con patentes diplomáticas azules del consulado.”

Sin embargo, en ninguna parte de la historia se cita a un funcionario de la DEA sobre el incidente. De modo que Narco News hizo un esfuerzo por colmar esa brecha, y estableció, lo que nos es sorprendente, que el tapiz del borde una vez más eclipsa la delgada costura de la narrativa de los medios dominantes.

Mike Sanders, coordinador para asuntos parlamentarios y públicos en la central de la DEA en Washington, dijo lo siguiente sobre el artículo del Express News:

Hubo numerosas inexactitudes en el informe. Trabajamos de común acuerdo con el gobierno mexicano. Pero el consulado de EE.UU. no pagó arriendo por esa casa…

Tenemos agentes en México… Trabajamos con los agentes del gobierno mexicano en México y cada lado suministra inteligencia al otro. Trabajamos con un objetivo común: perturbar y desmantelar a los cárteles.

No es poco común que trabajemos con [unidades de la] inteligencia del gobierno mexicano. Pero no hay ninguna operación especial. La recolección de inteligencia ocurre por todas partes.

¿Opera pisos francos el gobierno mexicano? Probablemente lo hace. Pero el gobierno de EE.UU., el consulado de EE.UU. no pagó alquiler por esa casa [La casa de Gamboa en Nuevo Laredo].

No sé con certeza quién pagó el arriendo. Si tiene preguntas específicas al respecto, debería contactar al gobierno mexicano. Creo que la casa de propiedad del ciudadano estadounidense [Gamboa] fue alquilada por el gobierno mexicano con alguna intención y que las cosas salieron mal.

El ciudadano estadounidense [Gamboa] no tuvo nada que ver con la DEA o con el consulado de EE.UU. Creo que el señor Gamboa está tratando de encontrar una manera de culpar al gobierno de EE.UU. Es lo que tiene que hacer al hacerlo público, que diga algo sobre el gobierno de EE.UU. Pero el gobierno de EE.UU. no se dedica a pagar alquiler para el gobierno mexicano.
Ahora, antes de asumir que Sanders esté encubriendo a su empleador, deberíais considerar la siguiente lógica, suministrada por un veterano agente en el terreno y supervisor de la DEA – quien pidió mantener el anonimato.

Si estuviésemos haciendo algo clandestino, ni siquiera mencionaríamos al consulado de EE.-UU. Y si los federales mexicanos estuvieran involucrados, ¿por qué ellos [la DEA] iban a utilizar una cobertura que involucrara a un ciudadano estadounidense?

No es imposible que la DEA haya alquilado una casa [en México] para realizar vigilancia, si tenía buenas relaciones con los policías en esa área. Lo que no haríamos sería decir al propietario que era algo asociado con el gobierno de EE.UU., porque existe la posibilidad de que parloteara al respecto con todo el mundo.

Tampoco mantendríamos información confidencial sobre la operación en el lugar. Nunca mantuvimos archivos [u ordenadores] en el lugar cuando conducíamos una operación clandestina.
Así que algo huele mal en este asunto.

A pesar de todo, a pesar de que la narrativa de la historia del Express News puede haber sido limitada por su visión de la guerra de la droga, eso no significa que todos los hechos mencionados en el artículo sean equivocados.

¿Así que podría haber otra explicación para que esos “estadounidenses” aparecieran en vehículos blindados [no el tipo de gente que se esperaría hiciera trabajos de mantenimiento en el consulado de EE.UU.] para viajar a la casa de Gamboa en Nuevo Laredo, suponiendo que lo que Gamboa dijo al reportero del Express News fuera cierto?

La fuente de la DEA coloca una posibilidad sobre la mesa: “La DEA siempre es culpada por majaderías que hace la CIA cuando los sorprenden,” dice.

Si esa pista lleva a alguna parte, es casi seguro que será complicada aún más por el recién lanzado esfuerzo de tres años de duración por 1.600 millones de dólares de escalada de la guerra de la droga, apodado Iniciativa Mérida (o Plan México) – la última costura en el tapiz aún no terminado de la frontera.

Kristin Bricker, de Narco News, que ha seguido de cerca el desarrollo del Plan México, informó lo siguiente sobre los componentes relacionados con los servicios de inteligencia de la iniciativa:

El Plan México también trata de “realzar las capacidades de administración y análisis de datos del servicio de inteligencia mexicano (CISEN).” Para lograr ese objetivo, equipará salas de entrevista [del CISEN] con tecnología de monitoreo, una red de telecomunicaciones, apoyo de análisis forense de ordenadores.” CISEN es una agencia de espionaje interior que es tristemente célebre por sus acciones contra activistas, incluida la coordinación o participación en operaciones militares en territorio zapatista. En febrero de 2008, un agente del CISEN fue detenido en territorio zapatista mientras se presentaba como periodista, una práctica que pone en peligro las vidas de auténticos periodistas porque grupos armados pueden acusarlos falsamente de ser agentes gubernamentales.

Para la familia de Gamboa, la perspectiva de la conexión de una agencia de inteligencia con sus apuros puede ser poco cómoda, ya que probablemente signifique que la causa a la raíz de la violencia que los ha afectado siga siendo ocultada por los aparatos de seguridad nacional de México y EE.UU.

Hasta que la propia guerra de la droga sea desenmarañada y reemplazada por un nuevo hilo de política racional, la tragedia de la familia Gamboa, y tragedias similares infligidas a innumerables otras familias a ambos lados de la frontera, seguirá hilvanada en el mismo modelo de futilidad que ha llegado a marcar el tapiz de la frontera en esta generación.

Si ha de haber un cambio positivo, las voces deben unirse a ambos lados de la frontera para hallar un terreno común en una solución a este complejo problema. Ya no podemos darnos por satisfechos con las mismas narrativas mediáticas a nivel superficial, con las mismas políticas fracasadas basadas en balas, prisiones y prohibición.

Tenemos que reducir el daño, explorar el camino de la descriminalización de la droga, e incluso su legalización; expandir el control de la adicción por sobre los códigos penales; promulgar leyes que colocan más valor sobre la vida humana que sobre las mercancías del comercio. Si se sigue limitando la conversación a una alternativa entre más miedo o más armas [o sea ninguna alternativa] sólo aseguraremos que el tapiz de la frontera sea cada vez más tejido como un paño mortuorio que no sirve otro propósito que cubrir más ataúdes.

Manteneos al tanto…

Fuente: The Narco News Bulletin

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